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Juegos Olímpicos

Río, del cielo al infierno olímpico

Cuando Río fue nombrada ciudad olímpica en 2009, el anuncio se vio como una oportunidad de Brasil para mostrarse al mundo. Pero la imagen en el país ha ido empeorando en medio de problemas políticos, económicos y de las dudas de si la Ciudad Maravillosa dará la talla.
1 Ago 2016 – 07:05 PM EDT
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Río fue elegida sede olímpica frente a Madrid, Tokio y Chicago. Crédito: How Hwee Young / EFE

Cuatro días, tres, dos, uno... La cuenta atrás ya es imparable. Después de siete años de preparativos, imprevistos y angustiosa espera, Brasil y su antigua capital, Río de Janeiro, llegan a su cita más importante de los últimos tiempos. Los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica abrirán por fin este viernes y tendrán dos semanas largas para espantar los peores augurios de quienes presagian un caos organizativo. Para demostrar que, pese a todo, valía la pena celebrar el mayor acontecimiento deportivo del planeta a los pies del Cristo Redentor.

Hasta que se apaguen las luces de la ceremonia de clausura, el domingo 21 de agosto, no se podrá decir si los Juegos cariocas han sido un éxito o un fracaso. Pero antes de su inauguración y en medio de la incertidumbre, Río 2016 se presenta como la historia de un sueño que ha terminado por volverse casi una pesadilla.

Acabada ya la época dorada en la que Brasil se convirtió en un ejemplo de estabilidad y prosperidad para América Latina y el resto de los emergentes, hoy ni el país ni la ciudad pasan por su mejor estado de forma. “En 2009 [cuando se votó la sede olímpica] nadie imaginaba que estaríamos en la situación política y económica en la que nos encontramos hoy”, recuerda Juliano Griebeler, especialista en relaciones gubernamentales de la consultora Barral M Jorge.

“Cualquiera que hiciera un escenario bien negativo cuando Río fue elegida no habría llegado a tanto. La realidad ha sido más fuerte”, coincide Míriam Leitão, una de las periodistas más influyentes de Brasil. “Los Juegos empiezan en el peor momento de humor nacional. El país vive una recesión, una crisis política, un impeachment [proceso de impugnación del mandato presidencial de Dilma Rousseff] y denuncias de corrupción”, resume la columnista de O Globo.

Dos indicadores, uno económico y otro político, sirven para cuantificar ese contraste. En 2010, al año siguiente de la victoria de Río frente a Madrid, Tokio y Chicago, la economía de Brasil crecía un 7.6% y más del 80% de la población aplaudía la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente cuyo carismático empuje fue decisivo para organizar el evento en Sudamérica por primera vez. Ahora, en cambio, el país lleva dos ejercicios consecutivos cayendo por encima del 3% y poco más del 10% aprueba a Michel
Temer, el mandatario que gobierna de forma interina a la espera de que concluya el juicio contra Dilma Rousseff en el Congreso.

Pese a que los Juegos se consiguieron en la era Lula y se organizaron con amplio apoyo del Gobierno federal durante los cinco años y medio de Dilma Rousseff, ni uno ni otro tienen intención de asistir este viernes a la ceremonia de apertura. “No pretendo participar de las Olimpiadas en una posición secundaria”, advirtió la dirigente, apartada de sus funciones desde el mes de mayo, en una entrevista a Radio France Internationale (RFI).

En ese contexto, si los Juegos estaban pensados para consagrar la nueva posición de Brasil entre los países avanzados, ahora hay quien los ve como un engorro. “Quién nos mandaba meternos en este lío”, parece el pensamiento compartido por algunos de los 6.5 millones de habitantes de esta ciudad tan conocida por su alegría y su belleza natural como por sus problemas de inseguridad e infraestructuras.

Una encuesta divulgada recientemente por el instituto Datafolha confirma un cierto desánimo entre los anfitriones. El 50% de los brasileños se opone a realizar los JJOO en Río, el 51% dice no tener “ningún interés” en el evento y el 63% cree que les traerá “más perjuicios que beneficios”.

“La población cuestiona el evento debido a la cantidad de problemas que atraviesa el país, por eso cualquier fallo puede adquirir mayores proporciones de las que tendría si el país estuviera en una buena situación”, explica desde Brasilia el politólogo Juliano Griebeler.

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Animación: la historia de los Juegos Olímpicos

“Las crisis que asolan el país tienen un fuerte peso en ese sentimiento negativo respecto a las Olimpiadas”, reconoce Kennedy Alencar, comentarista político de radio y televisión y ex asesor de prensa de Lula. “Ocurrió un fenómeno parecido en relación con la Copa del Mundo [de fútbol]. En 2008, el 79% apoyaba la realización del torneo, que tendría lugar en 2014. A una semana de la apertura del evento, esa cifra cayó al 51%. Pero después, la Copa fue considerada un éxito desde el punto de vista de la organización y la calidad de los partidos... a pesar de la humillación de la selección brasileña, derrotada 7-1 por Alemania”, añade.

Por eso, los más optimistas están convencidos de que los Juegos representan una oportunidad única para levantar el ánimo no sólo de la Cidade Maravilhosa, sino de todo Brasil. Según la periodista Míriam Leitão, “quien anda estos días por el Parque Olímpico acaba contaminado por la esperanza de que, a pesar de todos los problemas, Río consiga hacer una bella fiesta”. Probablemente no será la fiesta que se esperaba cuando el país vivía sus mejores días, pero las expectativas están tan bajas que bastará con evitar una tragedia para que, al final de las dos semanas olímpicas, el recuerdo para la historia sea más positivo que negativo.

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