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Juegos Olímpicos

Ricardo Otero | A 200 días de Tokio 2020

Los Juegos de Tokio cerrarán una década de escándalos y gastos excesivos en el olimpismo.
6 Ene 2020 – 02:28 PM EST
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Los Juegos Olímpicos de Tokio están a exactamente 200 días de distancia y con ellos se cerrará una década difícil para el olimpismo, quizás solo superada por la de los años 70, que pasaron en medio de una grave crisis económica del Comité Olímpico Internacional (COI).

Londres 2012 dejó un remanso de paz, no solamente por dar unos Juegos memorables en lo deportivo y con la tercera parte del presupuesto de Beijing 2008, sino también por dejar un legado visible y palpable a la ciudad: la zona este, que por siglos fue relegada, se reactivó con el Parque Olímpico y sus alrededores para convertirse en un área de clase media.

Cada sede de competencia fue cuidadosamente diseñada para tener un uso posterior a los Juegos. El Estadio Olímpico fue construido en tres etapas, una fija y las otras dos desmontables, y al final solo se prescindió de una para tener al West Ham de la Liga Premier como inquilino. El Parque Acuático fue planeado para que se le retiraran 15 mil de sus 17 mil asientos originales y ser una piscina pública al servicio de los habitantes de la zona. Por mencionar solo un par de ejemplos.

Pero el siguiente ciclo fue desastroso y aún se perciben sus efectos. Los Olímpicos invernales Sochi 2014 quedaron bajo la sombra del escándalo del dopaje de estado ruso, pues se evidenció que ese evento fue la cúspide de un programa en el que el gobierno de aquel país promovía el consumo de sustancias prohibidas de sus atletas y los protegía desde el mismo laboratorio de Moscú.

Por si eso fuera poco, el estratosférico costo de aquellos Juegos, de 51 mil millones de dólares, para convertirse en los más caros de la historia, dejaron severas dudas sobre el buen manejo de los recursos para su realización.

Dos años más tarde, los Juegos de Río 2016 ocurrieron en medio de una recesión económica y crisis política en Brasil. Además, días antes de la inauguración se revelaron problemas serios de contaminación en la Bahía de Guanabara y un aparente exceso de cloro decoloró la piscina de natación de azul a verde.

Por si eso fuera poco, con Río volvió el problema de los "elefantes blancos", sedes de competencia inutilizadas después de los Juegos, que parecía erradicarse con Londres 2012.

El último problema que enfrentó el olimpismo fue el de la falta de interés por ser sede. De seis ciudades que llegaron a ser candidatas para los Juegos de 2024, solo dos se quedaron: París y Los Angeles. Ante una inminente posibilidad de ver aún menor interés en la elección para la edición de 2028 -cuya votación habría ocurrido en 2021-, el presidente del COI, Thomas Bach, encontró una solución elegante: dar los Juegos de 2024 a París y de 2028 a Los Angeles y tomar un periodo de cuatro años para replantear al movimiento olímpico para atraer más ciudades candidatas.

La organización de Tokio 2020 no ha recibido otra cosa sino elogios, las sedes de competencia quedaron listas a tiempo, se está enviando un poderoso mensaje de cuidado al medio ambiente desde la manufactura de las medallas con material reciclado y no queda más que esperar las innovaciones que la meca del mundo tecnológico nos depara.

Pero Tokio no resuelve, sino agudiza, el problema de la falta de interés por ser sede olímpica. La inversión esperada de estos Juegos será de 12.6 mil millones de dólares, una cifra que, si bien es la cuarta parte de Sochi 2014 y menos de la tercera parte de la de Beijing 2008, aún es inaccesible para la gran mayoría de los países.

Para darnos una idea, el costo de Tokio 2020 es equivalente al Producto Interno Bruto de Nicaragua en 2019.

Otro problema que no podrá resolver la capital de Japón es el del dopaje ruso. Tras una tímida sanción previa a Río, el COI finalmente prohibió que los atletas de aquel país compitan bajo su bandera y con su uniforme.

Los últimos Juegos de esta década prometen ser espectaculares, pero los años 20 deberán darle un nuevo rumbo al movimiento olímpico.

La solución a la crisis de los años 70 fue vender los derechos de televisión de los Juegos a precios más altos y migrar paulatinamente al profesionalismo en varios deportes. El problema ahora luce, aunque menos grave, más complejo.

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