null: nullpx
Juegos Olímpicos

Manuel Youshimatz, su medalla de bronce y la costumbre mexicana de llegar tarde

El ciclista llegó tarde a la prueba por puntos en Los Angeles 84 y tras una serie de peripecias logró colgarse la medalla de bronce.
31 Jul 2016 – 02:24 AM EDT

El 26 de junio de 1998, el escritor mexicano Juan Villoro título su columna “Dios es un balón” en el diario La Jornada, “Los valientes llegan tarde”.

Y habló sobre el apurado y angustioso empate a dos goles de México ante Holanda sobre el tiempo con un tanto de Luis Hernández.

“Baste decir que los once de Lapuente le han dado dimensión épica a una de las mayores tradiciones mexicanas: la impuntualidad”, escribió.

Y es que es cierto, aunque Villoro se refiere más bien a una anotación tardía del Tri que de no llegar pudo dejar fuera al Tri del Mundial de Francia 98, incluso en el deporte, en las grandes competencias como los Juegos Olímpicos la impuntualidad -ciertamente una "tradición" muy mexicana arraigada en todos los niveles de la población- ha cobrado sus víctimas.

En 1968, María Teresa Ramírez antes de colgarse el bronce en los 800 metros libres, debió sufrir lo indecible para llegar a la alberca en la otra final en la que clasificó, la de los 400 metros libres.

Ella fue la primera mujer latinoamericana en alcanzar una final olímpica en natación, pero el día definitivo el autobús que la llevaba de la Villa Olímpica a la alberca olímpica Francisco Márquez tomó una ruta larga y confusa.

Y llegó solo 20 minutos antes de la prueba, no hubo tiempo más que para cambiarse y tirarse a la piscina. El resultado fue un sexto sitio con un tiempo que quedó lejos de sus reales posibilidades.

Pudo corregir y para enfrentar la final de los 800 decidió mejor quedarse en su casa, que se ubicaba muy cerca del recinto olímpico, y llegó sin contratiempos para colgarse la presea de bronce en México 68.

Otros juegos, otro ejemplo. En Atenas 2004, Noé Hernández, por una falla logística entre él y los entrenadores apenas llegó a su prueba de los 20 kilómetros de caminata.

Cuatro años antes, tras una accidentada prueba y la descalificación del también mexicano Bernardo Segura, se colgó la medalla de plata en la misma competencia.

Para Grecia las expectativas de repetir en el podio eran grandes, pero tras la tensión nerviosa y el nulo calentamiento, las piernas no le respondieron conforme pasó la prueba y finalmente fue descalificado al acumular tres amonestaciones.


Pero entre tanta impuntualidad, una historia de éxito. Manuel Youshimatz y su medalla de bronce en la carrera por puntos del ciclismo de pista en Los Angeles 84.

De niño, Manuel, probó cada deporte que se le cruzó en el camino. Para el voleibol y el basquetbol, le faltaba estatura. Era centro delantero en fútbol, pero no hacía goles.

No era un mal primera base en beisbol y el día de Reyes de 1973, él y sus hermanos recibieron bats, manoplas y pelotas.

Un domingo, días mas tarde, cuando iba con su padre y uno de sus hermanos a jugar beisbol, se cruzaron con una carrera ciclista de niños. Solo hacía falta una bicicleta para competir, volvieron a casa corriendo, botaron los implementos beisbolísticos y tomaron la bicicleta guinda en la que hacían los mandados. Manuel ya no se volvería a bajar de la bicicleta.

Once años más tarde, el 3 de agosto de 1984, Manuel se levantó antes de las ocho de la mañana tras un sueño largo y reparador. Desayunó a las ocho y media, luego preparó sus zapatillas, guantes y casco para la final olímpica de la prueba por puntos que le habían dicho era a las tres de la tarde.

A las once salió a aflojar, la indicación era pedalear una hora muy suave, pero volvió a los 15 minutos porque en una extraña mezcla de nervios y cansancio le dolieron las piernas, “ya valió madres" pensó.

Al volver encontró al entrenador del equipo mexicano esperándolo, “tu carrera no es a las tres, es a la una” le dijo. Eran las 11:35, todavía debía ir por sus cosas, alistarse y el recorrido al velodromo era de al menos una hora en el transporte del comité organizador. Mientras Manuel recogió sus cosas, el entrenador buscó que una camioneta de la delegacipon mexicana los llevara. No hubo manera.

El siguiente autobús al velódromo salía a las 12.15 pm y llegaría a las 13.15 pm, demasiado tarde. Decidieron entonces tomar un taxi en la calle.

Cuando un taxi se detuvo resultó que el chofer era mexicano. Le pidieron que abriera la cajuela y guardaron todo apresuradamente.

Aquel entedió la urgencia y salió volado de las instalaciones de la Universidad del Sur de California, donde se encontraba la Villa Olímpica, y mostró gran pericia al volante sobre las calles de Los Angeles.

Youshimatz se cambió en el vehículo y cuando llegaron al velódromo a las 12.44 pm se bajó apresurado, el entrenador preguntó al chofer, que al parecer se llamaba José Antonio Urbalejo, cuánto es y recibió como respuesta un, “¿qué importa, paisa? Córrele, no pierdas tiempo . Ya me pagarán algún día”.

El equipo mecánico esperaba a Manuel al borde del colapso, todo estaba listo. Pero el chico ya no tuvo tiempo de calentar y en vez de eso decidió tomarse un minuto para relajarse como su psicólogo le tenía indicado.

Se tiró al piso y mientras meditaba, pensó en la estrategia a seguir. En la prueba por puntos se recorren 50 kilómetros osea 150 vueltas a la pista, cada cinco hay un sprint y los primeros cuatro suman puntos. Otra manera de ganar es sacar vueltas al resto del pelotón y entonces los puntos ya no cuentan.

Manuel optó por atacar al principio y meter alguna vuelta a los rivales. Su pequeña sesión funciónó y más tranquilo tomó la línea de salida.

Se colocó en segundo sitio en los primeros sprints y logró sacar una vuelta de ventaja, después se desconcentró pensando en la posibilidad de obtener una medalla olímpica y entró en una crisis en la que pensó varias veces en retirarse de la competencia, así hasta la vuelta 118.

No estaba entre los 10 primeros y por increíble que parezca recuperó la concentración, y decidió volver a atacar.

Fue sumando puntos en los últimos sprints y con la cabeza fría logró sacar otra vuelta de ventaja al pelotón, aunque tenía una menos que los dos líderes y las mismas que otros competidores.

Alcanzó entonces 29 puntos y su nombre apareció en tercer sitio.

Tuvo oportunidad y energía para pensar su estrategia en el último sprint que reparte el doble de puntos. Se pegó al suizo Jorg Muller, cuarto sitio, para tratar de anularlo o de que no le sacara demasiadas unidades de ventaja.

Finalmente todo funcionó y ninguno de los dos sumó más puntos.

Youshimatz, instantes después, con todas sus angustias e ires y venires emocionales de aquel día miró su nombre en tercer sitio el el tablero que anunció los resultados oficiales. De la tribuna alguien le arrojó un sombrero de charro y con él dio las vueltas del festejo. Las de la victoria.

RELACIONADOS:Juegos OlímpicosCiclismo

Más contenido de tu interés