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Juegos Olímpicos

La historia de mis competencias olímpicas

Ver la inauguración de los Juegos me recordó cuántas actividades de los Juegos he hecho, los cuales, nunca me dieron una medalla de nada.
6 Ago 2016 – 11:18 AM EDT
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Por Luis Muñoz Oliveira | @munozoliveira

Los espectáculos de inauguración, ya sea de mundiales o de Juegos Olímpicos, me parecen zopencos, por decir lo menos. Y no me digan que no hemos llegado a un exceso: hoy en día, incluso antes de las finales de Champions League hay un espectáculo de algún tipo, es un abuso. Creo que sobre todo me molesta esa idea de que todo evento deportivo de masas tiene que ofrecernos un espectáculo semejante a un medio tiempo de Super Bowl. Y esto, seguramente para vendernos algo, no me digan que es el espíritu celebratorio que nos merecemos entre tanta guerra, no me la creo.

Y ya estarán diciendo algunos de ustedes que si no me gusta ver tales espectáculos, para qué diablos los veo, que basta con hacer otra cosa. Tienen razón, sin embargo, dado que precisamente me tocó escribir esta columna la tarde de la inauguración de las olimpiadas de Rio (lo escriben sin acento) 2016, sentí que era un poco injusto con el espíritu olímpico de estos Falsos Extremos hacerme de la vista gorda frente al evento: además, qué tal que le chiflan al farsante que ocupa la silla de Dilma, o qué tal que Pelé resurge de su convalecencia y logra prender la llama olímpica, o peor, qué tal que una nube de mosquitos entra al Maracaná y contagia de zika a todos los espectadores presenciales del evento. Eso no me lo puedo perder, algo así habría que verlo en vivo. Así las cosas, me dije: vengan a mí pirotécnias, acrobacias, música y danzas. Denme circo, yo me encargo de las cervezas.

Y cumplí: vi como entonaron el himno brasileño, vi el mar que surgió de la cancha, las arañas enormes que avanzaron por la selva, vi cómo entraron representantes de pueblos originarios, a los que presumen en el espectáculo pero humillan en la vida y luego los europeos, los esclavos africanos, los japoneses, cómo se urbanizó el campo. Después sonó la Garota de Ipanema y desfiló Gisele Bündchen para despedirse de las pasarelas y voló Santos Dumont. Y luego música, carnaval y algo que no me esperaba, un llamado contra el calentamiento global.

Llegó el aburridísimo desfile de los deportistas. Qué cosa, sólo lo debe ver completo la mamá de los que salen al final y los ingenuos que van al estadio supuestamente a ser parte de algo irrepetible. Mientras veía pasar atletas y escuchaba a los cronistas hablar maravillas de sus palmareses, de pronto me invadió una incredulidad muy sui generis, cuando me percaté de que estaba pensando en todas las disciplinas olímpicas que intenté practicar con tal de ganarme el favor de una dama. No sé de dónde salieron esos pensamientos y obviamente no estoy en edad de hablar de los resultados que obtuve en esa otra disciplina olímpica que es la seducción, pero sí puedo secundar la famosa frase con la que termina Jorge Ibargüengoitia su cuento La mujer que no: “las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la historia), son más numerosas que las arenas del mar”. Muy cierto.

Y déjenme aclarar las cosas, practiqué muchas disciplinas olímpicas por diversión: jugué futbol, básquetbol y voleibol, también nadé mucho. Además, en la escuela practiqué año con año atletismo porque así era el programa de educación física del colegio: lancé disco, jabalina y bala; practiqué salto de longitud y de altura; corrí 100 y 400 metros con vallas y planos, y también los diez mil metros que es la que más disfruté. El asunto es que cuando comencé a aburrirme, por ahí de la entrada de la delegación de Argentina entendí que movido por amor, practiqué disciplinas olímpicas como Quijote lanzado contra molinos: no por obligación, no por divertirme, por vencer gigantes.

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La primera fue a muy corta edad, quizá siete años. En la escuela había una niña, Valeria, que me parecía hermosa. Recuerdo muy bien su sonrisa chimuela, cuando perdió uno de sus dientes de leche. Tenía pecas. Yo era muy tímido y no me atrevía a hablar con ella. Un día, quiso la suerte que me enterara de que Valeria tomaba clases de gimnasia por la tarde en un lugar que estaba cerca del trabajo de mi madre, así que le pedí que ya que me había traído al mundo me llevara a tomar clases a la misma escuela que Valeria. Por supuesto pensó que estaba loco, pero como quedaba de paso y los martes y los jueves los tenía libres, no tuvo problema de inscribirme en clase de gimnasia.

Así pues, durante unos meses me dediqué a practicar los movimientos básicos de la gimnasia artística de piso: recuerdo el salto de tigre por un aro y el parado de manos, además de algunos giros mortales muy sencillos en un trampolín de gimnasia. No me imaginen con mallas, pero digamos que llevaba el uniforme. Valeria nunca me hizo caso, pero verla dos veces a la semana por las tardes valió la pena. Además, me ayudó a sembrar una idea (como deportista de Rio 2016): la perseverancia es el verdadero deporte olímpico y por supuesto no siempre da medalla de oro, o mejor, no siempre da medalla, a secas.

Años después terminé practicando judo por culpa de Victoria, una adolescente medio gordita y muy abusiva con la que salía. Me convenció de practicar judo con la excusa de que pudiéramos estar más tiempo juntos. Pero sospecho que en realidad le gustaba someterme, aquello era pre sexual y muy gandalla. De todas formas Victoria me tenía cautivado, supongo que me gustaba sentirme aplastado, y también me cautivó el juego de pies y brazos del judo, esas llaves me siguen pareciendo fascinantes. Llegué a cinta amarilla, que es la que sigue de blanco. No es gran cosa. Lo cierto es que cuando terminé con Victoria también terminé con el judo.

En la preparatoria, gracias a una mujer hermosa que se llamaba Verónica, jugué bádminton. Es un gran deporte, pero para principiantes es un verdadero dolor de nalgas, y lo digo literalmente: tiene un movimiento hacia abajo, que se usa para evitar que el gallito caiga, que exige un músculo que no conocía y que me dolió por meses, era imposible agacharme. Pero perseveré para retar a Verónica en la cancha de la prepa. Ella era rápida y sutil, rara vez le pegaba fuerte, para ella todo era engaño.

Terminamos practicando bajo la supervisión del entrenador de la universidad. Antes de las clases caminábamos horas por el campus de la UNAM (aunque no éramos universitarios, eso nos hacía sentir importantes), enamorados, y nos divertíamos horrores cuando jugábamos el uno contra el otro. Se acabó el amor y se acabó el bádminton, esta vez fue por dolor: así como engañaba en la red engañaba en la sábana. La raqueta, la red, el gallito, me recordaban demasiado su traición, así que regalé todo mi equipo y volví a la natación que es como correr pero escondiendo la cabeza igual que un avestruz.

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Practiqué dos deportes olímpicos más pero sólo les voy a hablar de uno, porque el otro es en realidad cinco: el famoso pentatlón moderno, ese lo practiqué en Normandía y fue la única vez en mi vida que me gustó una rubia, pero la historia es demasiado larga para contarla aquí.

Cuando estudié filosofía salí con una chica que quería ser actriz. Alguien le aconsejó que estudiara esgrima y, claro, me convenció de acompañarla. Entrenábamos abajo del estadio olímpico, (cada tanto me tocaba ver a los Pumas). El entrenamiento era más exigente de lo que jamás me imaginé, nos hacían correr kilómetros alrededor del estadio bajo el maldito sol de la Ciudad de México, saltar la cuerda y también ejercitar el abdomen; luego teníamos que practicar la posición del esgrima durante horas. Si recuerdo bien, pasaron muchos meses antes de que tuviera un sable en la mano y cuando por fin lo tuve, no fue para combatir, fue para pegarle a un globo y evitar que cayera al piso.

Finalmente comenzamos a practicar el uno contra el otro, fue verdaderamente divertido y sexy. Aquello tenía la gracia de que te podías imaginar en una película de espadachines (en cámara lenta), peleando contra la hermosa y malvada pirara Viviana. Y la película siempre terminaba en escena sexual, claro, después del entrenamiento y en mi casa.

La vida me llevó a Europa y a Viviana a Canadá. Del sable cambié al florete y no es albur, por favor.

Terminé de recordar mi camino por las disciplinas olímpicas cuando apenas salió la delegación de los deportistas refugiados. Después apareció la de Brasil. Más pirotecnia, música y baile. Cuando pensé que todo terminaba llegaron los discursos. Qué aburrido, me retracto: el verdadero deporte olímpico es aguantar la inauguración de los Juegos Olímpicos. Lo bueno es que abuchearon al corrupto de Temer y que a Vanderlei Cordeiro de Lima, aquel maratonista al que un cura irlandés le quitó el oro en los últimos metros con un abrazo infame, le dieron el honor de encender el pebetero. A veces, pese a todo, triunfa el espíritu olímpico y como yo ya senté cabeza, hoy mi deporte olímpico es la elíptica.

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Luis Muñoz Oliveira es escritor de novelas y ensayos. Además es investigador y profesor de filosofía. Gracias a que su madre es brasileña, apoya a Brasil sin remordimientos. En el México vs Brasil le va al que más lo necesite. Algunas de sus obras son "La fragilidad del campamento" (Almadía) y "Resaca" (Literatura Random House).


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