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Juegos Olímpicos

Jugar y competir son acciones distintas: ¡Bienvenidos a Río 2016!

Cinco escritores hablan sobre el panorama olímpico con una visión distinta. Guillermo Fadanelli narra su visión sobre el arranque de la competencia.
2 Ago 2016 – 01:36 PM EDT
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POR GUILLERMO FADANELLI | @GFadanelli

A lo largo de mi extraña vida —y digo extraña porque dentro de mí viven varias personas que no se reconocen unas a otras—, he sido testigo de cómo la competencia, el esfuerzo que uno hace para medirse, rivalizar, luchar, pasar por encima de otra persona y, en resumen, ganar o ser primero en algún campo o área de la vida, puede ir en contra del más elemental sentido de la supervivencia.

“No es lo mismo ser veloz que ir cuesta abajo”, reza un aforismo del escritor Franz Moreno, muerto hace ya treinta años. Las teorías sicológicas, biológicas y culturales acerca de nuestra necesidad de competir y entrar en disputa para obtener algo a cambio, son diversas, numerosas y, en general, van acompañadas de una opinión o dirección moral fijada de antemano (“la competencia es inherente a la conducta del ser humano” y otras frivolidades parecidas); sin embargo, yo quisiera en este breve escrito decir, a título personal, que competir no me es grato, y que de antemano prefiero que me den por muerto, derrotado o incapacitado para ganar.

¡Qué alivio! Yo prefiero esconderme que cruzar la meta. Hacerme a un lado para que me rebasen los triunfadores. No fue así toda mi vida, puesto que, cuando era joven y desgraciado, adolecí de un alto sentido de la competencia y soñaba con obtener medallas, trofeos, reconocimientos y ascender a los más variados pódiums desde cuya cima podría ser aclamado por las multitudes.

¿Debe uno arrepentirse de su inocencia? De ninguna manera. Hoy en día tal sentimiento ha disminuido, aunque no he renunciado a mi afición por el juego. Jugar y competir son acciones distintas. En el juego es la acción misma de la imaginación, la destreza y el azar —e incluso lo fortuito de las reglas— la que otorga sentido a la relación humana, ya sea en el erotismo, en la amistad, en el deporte, etc... En el juego uno es siempre espectador que participa.

En un sentido más amplio, jugar (del latín Iocari), nos lleva a pensar en la diversión, la alegría, el pasatiempo y, por supuesto, en el conocimiento. No se puede conocer sin jugar. Una muestra honrada de ello es la novela El jugador, de Fedor Dostoiewski (puede usted escribir este nombre casi como le dé la gana), en la que el escritor intenta hacer evidente uno de los rasgos que acentúan el carácter del ser ruso en su más íntima definición: su anónima pasión por perder. Jugar para perder.

A lo largo de la novela la sospecha de tal despropósito crece; se gana por azar y debido al íntimo amor por la derrota, pero no a causa de una estrategia. Y si a partir de la lectura de la novela citada yo extiendo esta característica a los rusos que vivieron un siglo después, seguramente me equivocaré porque esta clase de juicios da la impresión de ser pura vaguedad. Mas no erraré al decir que el juego y el conocerse a uno mismo van de la mano, son espejo y se alimentan el uno del otro.

En 1944, George Orwell, hacía notar en un ensayo (El pueblo inglés) que los ingleses sentían admiración por el buen perdedor, y añadía que ellos, los ingleses, olvidaban fácilmente sus fracasos. Atracción por la derrota, admiración por el buen perdedor, desprecio por el fracaso, y manifestaciones parecidas dan sentido, forma o sustancia al jugador, a aquel que arriesga y pone en marcha sus capacidades bajo el yugo de ciertas reglas.

En el año 2016, unos nuevos Juegos Olímpicos comienzan, la ruleta vuelve a girar y hay quien se empapa de emoción y ansiedad ante la expectativa. En mi caso no pondré atención en las medallas, ni en los deportistas más sobresalientes (ya en su tiempo sentí una primitiva y honesta admiración por Emil Zátopek, Lasse Virén, Nadia Comaneci e incluso por Yelena Isinbayeva); no obstante, como he expresado líneas atrás, la competencia me interesa hoy sólo porque es una manera de jugar, conocerse y perder (se pierde siempre de algún modo: ¿no es la fama el extravío de la intimidad y la proporción?).

Tomo otro aforismo de Franz Moreno que me conviene: “Lo que el gallo quiere es cantar; el alba le importa un carajo.” Así es: algunos gallos bípedos e implumes quieren sólo jugar y no les importa gran cosa la competencia ni el amanecer.

El matemático John F. Nash (sí, el matemático que inspiro la película A Beautiful Mind), creó una teoría de juegos en la que cada jugador, a partir de una estrategia propia que conoce y contempla, también, las estrategias de sus competidores, obtenía, al igual que ellos, siempre el mejor resultado posible: he allí dibujada la utopía de un jugador abúlico, razonable y equilibrado. Mas esto es sólo una teoría, bella por lo demás, que relaciona las matemáticas con la justicia.

En fin, haciendo a un lado los andares de la mente y el hecho de que todo está relacionado con todo, termino aquí afirmando que en el juego —e incluso en su derivado: la competencia— no hay justicia pura, sino circunstancia irrepetible, aprendizaje, azar, cisnes negros, y todo lo demás.

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Guillermo Fadanelli: Escritor. Algunas de sus obras son: El idealista y el perro (ensayo); Plegarias de un inquilino (crónica); ¿Te veré en el desayuno?; Malacara; Educar a los topos; Lodo; Hotel DF; Mis mujeres muertas (novelas); El hombre nacido en Danzig (novela). Fundador de la revista y editorial Moho. Autor de la columna Terlenka, en El Universal. Su epitafio dirá: "Se equivocó en todo."


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