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Juegos Olímpicos

El papel del espectador en los Juegos Olímpicos de Río

En 'Falsos Extremos', nos hablan del otro protagonista de los Juegos, uno que celebra sin competir y que se cuelga las medallas de los atletas.
3 Ago 2016 – 11:50 AM EDT
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Por Rodrigo Márquez Tizano | @rmtizano

Mirar los Juegos como una experiencia estética, extraviados en lo abstracto de las musculaturas accionándose, de lo atlético sin más, es cada vez más complicado: está en desuso. Por un lado, sería una necedad deslindar lo deportivo de lo político. O medio cegato, al menos. Sería contradecir a Mann. Y como nadie lee más a Mann, dejémoslo en el lugar que está. ¿Acaparará más miradas la gesta deportiva, el fracaso administrativo del estado anfitrión o ambos estarán a la sombra de lo que sucede en un país que atraviesa por la recesión más dura de los últimos tiempos y tiene enfrente, aunque muchos aún se nieguen a verlo de esa manera, un golpe de estado parlamentario?

El COI, salomónico, se lava las manos de todo lo que pueda ensuciar la fiesta, Río incluido. Que se las vean ellos con su presidenta recluida en el Palacio de la Aurora, con su agua contaminada, sus instalaciones sin terminar, su privatización a medias, sus espectadores. Así como deja en manos de las federaciones ciertos asuntos escabrosos, a otros tantos conviene sacarles el pecho. Pensemos en la inclusión de un equipo de refugiados que marchará por vez primera con los cinco aros olímpicos como bandera. Un puñado de desplazados, avalados por la ONU, que vienen a ponerle una escarapela al Comité. ¿Nosotros qué vemos? ¿Un gesto noble que da esperanza a millones en una situación tan desoladora que sobran las palabras? ¿Algo más?

El espectador, vaya cosa, lo tendrá este año casi tan difícil como cualquier atleta de alto rendimiento. Cada edición es aún más compleja si analizamos el punto de vista desde el cual se mide la eficacia del espectador. Sus miras y alcances. El rédito que vomita. Hay demasiadas cosas alrededor. Demasiados distractores y lentes para enfocar.

El objetivo de quienes esperan que el espectador participe no es sólo hacerlos partícipes de la “comunión”, sino volverlos protagonistas de ella. Los grandes ganones de esa relación codependiente (y basada en megaeventos deportivos) donde el Estado vuelve a besuquearse con las trasnacionales luego de algún dramón. Del espectador, cuya tarea nunca ha sido del todo pasiva, hoy parece esperarse no sólo un rol más importante sino casi protagónico. Esas cosas, por lo general y no iba a ser de otra manera, se miden en metálico.

Al espectador ya no se le pide que deposite sus creencias emancipadoras y aspiracionales en el atleta de su devoción. Ya sabe que es imposible identificarse con Bolt. Incluso es difícil admirarlo. Ahora, con la promesa de una experiencia personalizada, de alejamiento de la multitud, se ofrece una variante multimedia, tergiversada y edulcorada (con descansos visuales y emocionales para el desgaste de la ardua tarea, claro) de eso que Brecht llamaba el espectador distante. Ya no serás Bolt, quizá puedas entenderlo. La distancia de este espectador distante con el de Brecht, cabe aclarar, es mayor que la de 24 maratones.

Pero tiene su lógica: como lo más probable es que el espectador fracase en el intento de identificación (y que ese fracaso, acumulado con otros tantos, generará seguramente un abandono) ese espectador que no puede refrenar su deseo de identificación con el héroe es menos redituable que, digamos, otro que se enorgullece de desempeñar su papel a la perfección. Tendremos espectadores medallistas.

Esto, por supuesto, exige establecer un sistema jerarquizador. ¿Cómo se medirá el desempeño de cada espectador? A los que saben de beneficios (es decir: a los que han hecho posible que en las inmediaciones de los recintos sea casi imposible conseguir un emparedado de tapioca y sí cantidades industriales de Coca Cola y McDonalds) les gusta utilizar el término “fidelidad”.

¿A qué es fiel un espectador cuando no expecta? Buena pregunta. Y es que entonces, ignoraría la función primaria de su labor: entregarse a la posibilidad de lo impensado y lo súbito con la única condición (y hay que mentalizarse para ello) de que, finalmente, lo impensado y lo súbito tampoco tienen la obligación de suceder. Esperar la epifanía sin esperarla. Ahí radica el truco. Hoy privarnos del acontecimiento asegurado es casi lo mismo que privarnos de la experiencia.

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Rodrígo Márquez Tizano: Único sub-30 del equipo de 'Falsos Extremos'. Ha publicado los libros 'Caballos de fuerza' y 'Todas las argentinas de mi calle'. Editor de la revista Vice México. Volante de contención, en el campo es más 'Coyote' que 'Redondo': nunca saca la pierna en pelota dividida. Cuando no mira fútbol es porque hay box en la tele.


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