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Opinión Deportes

Raúl Méndez | Il Diavolo a las puertas del Infierno

Mezclar la política con el futbol es un juego perverso y mayor cuando reside en el mismo individuo.
16 Oct 2019 – 1:49 PM EDT

Si eres de la generación que creció con el Milan de Arrigo Sacchi te enamoraste de un equipo de época, revolucionario, colosal e influyente que se ganó un lugar en el selecto grupo de equipos legendarios.

El núcleo holandés de Van Basten, Gullit y Rijkaard potenciaba el entonces novedoso sistema de Arrigo Sacchi, igual de efectivo en un espacio delimitado que mantenía compacta a la escuadra en cualquier fase del juego.

Combinaba la precisa defensa italiana del catenaccio con la naranja mecánica de su tridente y, por supuesto, el pressing que el futbol alemán exhibió una década antes.

Intentar comprender al Milan bastaría con un solo nombre: Silvio Berlusconi.

Era el magnate de los medios cuando los aficionados mediante tifos le imploraron que adquiriera al club. A su llegada comenzó la etapa más gloriosa de la entidad con ocho scudettos y 5 copas de Europa entre 1986 y 2017.

Berlusconi tenía lo que pocos dueños de clubes: visión para detectar el talento. En un amistoso quedó maravillado del estilo del Parma, entonces dirigido por un desconocido Sacchi, y el resto es historia pura y conocida. Igual de valioso resultó la figura de Adriano Galliani como brazo ejecutor del dueño.

Il Cavaliere también se benefició de los éxitos deportivos que le dieron poder y respeto, valores fundamentales para saciar sus aspiraciones políticas, a través de “Forza Italia”, que lo encumbraron como Primer Ministro italiano.

Pero llegaron los escándalos (propios de la sociedad italiana) que le costaron su posición en la política y permearon como plaga en la gestión del club por lo que se vio obligado a vender su adorado AC Milan a Li Yonghong, un empresario chino de dudosa reputación y que no pudo pagar el préstamo que había solicitado a Elliott Management, un grupo de inversiones estadounidense que tomó en propiedad a la entidad.

Mezclar la política con el futbol es un juego perverso y mayor cuando reside en el mismo individuo.

El Milán está recorriendo la Divina Comedia a la inversa. Con Berlusconi gozó el paraíso hasta que el desenfreno de su dueño y propietario le hicieron pernoctar en el purgatorio con la amenaza ahora de descender al infierno de la Serie B.

Han pasado ocho años del último scudetto y desde la temporada 2013-2014 no se escucha el himno de la Champions.

La paciencia con Marco Giampaolo duró siete jornadas a tres puntos de la zona roja. El elegido para levantarlos es Stefano Pioli, cuyo nombre apenas comenzaba a sonar.

Las muestras de repudio de los tiffosi se hicieron virales aunque fueron estériles: en gran medida sobre Pioli descansa el sueño del renacimiento del hace no mucho tiempo poderoso AC Milan.


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